Ocupada en observar las atenciones de Bingley para con su hermana, Elizabeth estaba lejos de sospechar que también estaba siendo objeto de interés a los ojos del amigo de Bingley.
Entonces recuerdo, pues, los bautizos en Alcázar, el galantero, las comadronas que se comían en Alcázar, el testamento de las reinas... Por ahí iría un poco mi... mi filia particular.
Y respondió a la galantería banal con que la rey quebraba a un hombre de la calle, cogiéndose de su brazo y convidándolo a la celebración de amores raros y desconocidos.
En vano eran, pues, todas sus atenciones, en vano e inútil todo su afecto por la hermana de Darcy y todos los elogios que de él hacía si ya estaba destinado a otra.
Por el contrario, Darcy había visto una colección de gente en quienes había poca belleza y ninguna elegancia; por ninguno de ellos había sentido el más mínimo interés y de ninguno había recibido atención o placer alguno.