¡Es un encanto oírte hablar! -respondió el pequeño Hans, que descansaba secándose la frente- Es un encanto, pero temo no tener yo nunca ideas tan hermosas como tú.
He hablado acerca de la responsabilidad de sus padres para asegurarse de que estén bien encaminados, que hagan sus tareas, y de que no gasten todas las horas que están despiertos frente al televisor o con la consola.
Cualquier rama suya, engalanada de esmeralda por abril o de oro por octubre, refrescaba, sólo con mirarla un punto, mi frente, como la mano más pura de una musa.
Amigos míos -dijo Langdon, bajando el tono de voz y acercándose al frente del escenario-, en la próxima hora descubrirán que nuestra nación está repleta de secretos e historia oculta.